Hoy llegue a una ciudad. Siempre me ocurre lo mismo, evito los lugares concurridos, el centro y los sitios turísticos. Lo que quiero es mezclarme con los nativos, conocer que hacen durante el día y que hacen durante la noche. Me gusta comer en los lugares donde sus ciudadanos almuerzan para resguardarse de sus trabajos y seguir viviendo sin tener que llegar rápido a sus casas a varios kilómetros. Me gusta los más primitivos sentimientos de amistad, los lugares olvidados donde apenas hay negocios donde la ciudad se mueve en silencio, donde mirando al cielo ves las casas con sus gentes, su ropa tendida en lo alto para que se seque.
Entonces es cuando descubro ese lugar diferente con la puerta barnizada de color verde con las cortinas para apartar las moscas, con sus gentes en la barra de madera recordando viejos momentos mas gloriosos y pasados y es allí donde el tiempo se vuelve verdaderamente precioso, donde el reloj te dice me voy a tirar en el sofá para echar una siesta que necesito descansar. Miro entonces todo, a su dueña triste, el cristal roto, los pinchos pocos pero con esmero, los cuadros de la cola, las lámparas de madera y me siento en el primer banco, junto a la puerta mirando hacia la barra porque entra el sol, el noble astro que todo lo puede.
Huelo matices en mi memoria, el sobrado, las cuadras, las bodegas de mis casas en el pueblo junto a mis abuelos, junto a la matanza, la vieja España que se fue, y es entonces cuando comprendo que las huellas de los hombres no están en su centro en los bares de la plaza mayor, ni en su catedral, ni en el museo, ni siquiera en el ayuntamiento. Las huellas están dentro, en la ciudad de los barrios, en los inmuebles rotos, en los bares discretos, en lugares recónditos y alejados del circuito turístico de pasiones fáciles y fotografías digitales.
Entonces pido una cerveza, una Mahou, y recuerdo los fuertes sabores y un pincho de tortilla de patatas con huevos y cebolla y como si de un golpe se tratara veo pasar a los clientes con sus pasos diciendo buenos días y comentando con la dueña, si de la política no de la viceministro, si de Carlos, no del atropello, si de la vida, no de la tienda. Y entra un joven y pregunta por clara y Clara sale de la cocina hacia la barra y ver a clara, joven, morena, alegre con desparpajo te enamora. Apenas un sutil aire, un golpe en la mejilla y bebes la cerveza recordando que la vida sigue en todas partes con sus batallas diarias y todo despacio.
Por eso buscar huellas no es tan difícil, solo hay que alejarse de lo que hacemos la mayoría y así encontraremos un lugar mejor dentro de nuestro propio lugar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario